Tan bella eres que mi pluma no deja de escribir sobre ti. Esta vez será la última vez que lo haga, ni mi brazo ni mi corazón pueden más. Pluma diabólica déjalo ya, no ves que es inútil, ¡olvídalo!. No puedo detenerla, aunque presiento que esta será la descripción final.
Eres comparable con la mujer de plata; sus destellos me acarician la piel igual que tu mirada. Tus ojos, ¡Dios mío!, que bellos son y que profundidad encierran, no se que expresan si amor o indiferencia.
Tu rostro es único, casi indescriptible. Tu piel es delicada, suave y blanca como un pedazo de seda, lástima que ahora es comparable con la nieve fría. Oh tu nariz, gota de rocío deslizándose por una hoja verde y fresca; ahora gusano reptando por una hoja de otoño. Tu pelo, oro puro, destellos de sol pero poco a poco se consume en cenizas, polvo.
Empalideces cada vez más y más, ya no te puedes ruborizar. Tu cuerpo ya no es lo que era, pierde su forma escultórica, casi perfecta. Te dije que esta sería tu última descripción.
Cada vez estás más delgada, tu piel se rasga y se rompe como una hoja de un árbol seco. Tu rostro se apaga ya no tiene esa luz que le daba brillo; triste y doloroso, pero cierto. Disfruto viéndote así, acabada. No sé que me ocurre, la mujer de plata ya no me acaricia, me pincha y me quema. Solo el odio recorre mi piel. Como tinta negra y endiablada la sangre corre por todo mi cuerpo más rápida que nunca.
¿Dónde está tu oro?, ya no tienes, solo una triste y sórdida calvicie se asoma en tu cabeza. Tus ojos más profundos que nunca, yo que en tu rostro se pueden ver dos cavidades huecas y oscuras; aún te cuelgan los ojos por los nervios, ya caerán. No me mires así o lograrás ponerme nervioso. Tus mejillas han desaparecido y tus labios igual, no te queda nada. Te desinflas como un globo viejo. Tus senos puntiagudos y deseables a mis manos y labios, son simplemente un recuerdo. Tus caderas y tu cintura ahora no tienen curvas, son rectas y frías, ya no dan calor. Qué lástima tus piernas provocativas son palos ya. Tus muslos sensuales ahora ya no me excitan.
La ropa te cae, aunque ya no tienes nada que mostrar. Casi no tienes piel, tus músculos se van desprendiendo, algunos se aguantan gracias a los tendones que se resisten a perecer. Pero poco a poco todos ceden y se funden en el suelo.
Te has derrumbado ya, solo hay huesos delante de mí. Ahora, más que nunca, te recordaré. Mi pecado fue recordarte bella, tal pecado se desvanece. Creo que te lo dije, esta va ha ser tu última descripción. Gracias malvada pluma, enviada del mal; me has salvado de caer otra vez en la tentación. Ahora te guardo, no te gastes porque quizás te utilice de nuevo. Recuerda amiga, no dejes que me enamore nunca.
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martes, 4 de mayo de 2010
lunes, 3 de mayo de 2010
El latido de un árbol (4to fragmento)
...........
-¡Oh si, desnúdate y tírate al agua sin pensar!- así lo hizo, se arrancó la ropa, incluso se arañó sin darse cuenta, el río quería, deseaba sus heridas. Ábrete las venas y así el río beberá. Una vez desnudo se lanzó al agua, ¿fría, caliente?, que más da. Que bella dama serpenteante, grandísima princesa, alma llena de vida. El agua se encabritó, la corriente era fortísima, bajaban árboles caídos, piedras que parecían proyectiles, animales asustados; pero él no se movía, él era parte del caudal. De las profundidades una imagen femenina surgió; no había río sin mujercita y no existiría realeza sin río. Como un todo se reflejaban, como un ser vivo se movían. ¿Era él un príncipe? , parecía dominar los elementos naturales. Tenía los ojos cerrados y una leve sonrisa mezclada con una seriedad real y una serenidad extasiadota. Aquella especie de hada lo abrazaba y él lloraba. Él la besaba y ella se estremecía. Juntos se miraban y el cielo rugía. No era amor, quizás odio. No era compasión, quizás comprensión. No era un río y un ser humano, quizás solo dos seres vivos. –Dame tu sangre hombrecillo semidivino, deja que sacie mi sed. Que corra por mí tu calor y tu deseo, tu pena y tu valor, simplemente tú.
-Tómame, Hada divina, mátame si quieres, porqué no te siento, no gozo contigo, mi soledad te entrego pero no tomo nada de ti. Me es placentero tu contacto, me es extasiador pero no llena mis venas vacías. Quiero yo llenarte, nada a cambio pido, saciarte quiero, morir debo.
-¡No, jamás en mi lecho!. Sé como llenar tus venas, oh incrédulo amante- entonces la princesa se apartó de él, este quedó tumbado con los brazos extendidos y los ojos cerrados, flotaba como una hoja de árbol caída. De las entrañas del Poeta Río salía un humo, olas y olas de un denso humo, recorría el agua, era blanco y rojizo, a veces oscuro a veces claro. El oleaje se convirtió poco a poco en una cama, la Hada posó al joven sobre ella y con un gesto ceremonial la elevó al cielo. Un chorro de agua hacía de elevador, mientras que una cortina de agua envolvía aquel ascensor. Sus ojos se abrieron, yo volaba cerca de él, y sus ojos vi llorar y su rostro una sonrisa dibujar. Una brisa fría lo vestía, sentíase como un ave, cuanto placer. Nubes penetraban por sus poros, respiraba un aire tan puro que embotellarlo quería. Se olvidó de quién era, se olvidó de ser, de hacer y de pensar, preguntar no podía, ¿para qué? Si aquello era él. Gozaba él y gozaba ella, poco a poco descendía, sus regalos ya se habían entregado y aunque el placer se quiere eterno, no podía ser. Como si de un dios se tratara, descendió de los cielos, hasta de nuevo posarse al ahora tranquilo río. El Hada subió sobre el espeso humo como si fuera una jinete, por un instante el cielo prendió fuego, iluminó a ambos seres y luego las llamas fueron absorbidas por cada molécula allí presente. La serenidad reinaba, se oía una música, era como si la naturaleza hablara de nuevo. El silencio fue roto por la Princesa: -¿Qué te ha parecido mi sangre bello trovador?.
-Agradecértelo no sé, no puedo, dímelo tú.
-Hombrecillo, tú me has dado fuego, yo el mío, hemos disfrutado juntos ahora aléjate, sigue tu camino y olvídame, hasta que a alguien puedas explicárselo.
-¿Quién puede oír semejante historia?, no creo que halla nadie en este mundo capaz de entender lo que mis palabras cuenten y menos aún lo que yo he sentido, y menos entender de tú existencia, ¿quién tiene ese derecho y esa capacidad?.
-Si encuentras a alguien merecedor de tú saber, te darás cuenta y tus canciones comprenderá.
-¿De alguien sabes?.
-Sí, de un árbol milenario, cuya sabieza es infinita, encuéntralo y háblale. Su mar es de arena, su cielo es azul celeste, ¡búscalo!. Parte ya, cuanto antes lo encuentres mejor –así lo hizo, marchó cabizbajo y dejo sobre su Princesita unas lágrimas de color rojo.
-¡Oh si, desnúdate y tírate al agua sin pensar!- así lo hizo, se arrancó la ropa, incluso se arañó sin darse cuenta, el río quería, deseaba sus heridas. Ábrete las venas y así el río beberá. Una vez desnudo se lanzó al agua, ¿fría, caliente?, que más da. Que bella dama serpenteante, grandísima princesa, alma llena de vida. El agua se encabritó, la corriente era fortísima, bajaban árboles caídos, piedras que parecían proyectiles, animales asustados; pero él no se movía, él era parte del caudal. De las profundidades una imagen femenina surgió; no había río sin mujercita y no existiría realeza sin río. Como un todo se reflejaban, como un ser vivo se movían. ¿Era él un príncipe? , parecía dominar los elementos naturales. Tenía los ojos cerrados y una leve sonrisa mezclada con una seriedad real y una serenidad extasiadota. Aquella especie de hada lo abrazaba y él lloraba. Él la besaba y ella se estremecía. Juntos se miraban y el cielo rugía. No era amor, quizás odio. No era compasión, quizás comprensión. No era un río y un ser humano, quizás solo dos seres vivos. –Dame tu sangre hombrecillo semidivino, deja que sacie mi sed. Que corra por mí tu calor y tu deseo, tu pena y tu valor, simplemente tú.
-Tómame, Hada divina, mátame si quieres, porqué no te siento, no gozo contigo, mi soledad te entrego pero no tomo nada de ti. Me es placentero tu contacto, me es extasiador pero no llena mis venas vacías. Quiero yo llenarte, nada a cambio pido, saciarte quiero, morir debo.
-¡No, jamás en mi lecho!. Sé como llenar tus venas, oh incrédulo amante- entonces la princesa se apartó de él, este quedó tumbado con los brazos extendidos y los ojos cerrados, flotaba como una hoja de árbol caída. De las entrañas del Poeta Río salía un humo, olas y olas de un denso humo, recorría el agua, era blanco y rojizo, a veces oscuro a veces claro. El oleaje se convirtió poco a poco en una cama, la Hada posó al joven sobre ella y con un gesto ceremonial la elevó al cielo. Un chorro de agua hacía de elevador, mientras que una cortina de agua envolvía aquel ascensor. Sus ojos se abrieron, yo volaba cerca de él, y sus ojos vi llorar y su rostro una sonrisa dibujar. Una brisa fría lo vestía, sentíase como un ave, cuanto placer. Nubes penetraban por sus poros, respiraba un aire tan puro que embotellarlo quería. Se olvidó de quién era, se olvidó de ser, de hacer y de pensar, preguntar no podía, ¿para qué? Si aquello era él. Gozaba él y gozaba ella, poco a poco descendía, sus regalos ya se habían entregado y aunque el placer se quiere eterno, no podía ser. Como si de un dios se tratara, descendió de los cielos, hasta de nuevo posarse al ahora tranquilo río. El Hada subió sobre el espeso humo como si fuera una jinete, por un instante el cielo prendió fuego, iluminó a ambos seres y luego las llamas fueron absorbidas por cada molécula allí presente. La serenidad reinaba, se oía una música, era como si la naturaleza hablara de nuevo. El silencio fue roto por la Princesa: -¿Qué te ha parecido mi sangre bello trovador?.
-Agradecértelo no sé, no puedo, dímelo tú.
-Hombrecillo, tú me has dado fuego, yo el mío, hemos disfrutado juntos ahora aléjate, sigue tu camino y olvídame, hasta que a alguien puedas explicárselo.
-¿Quién puede oír semejante historia?, no creo que halla nadie en este mundo capaz de entender lo que mis palabras cuenten y menos aún lo que yo he sentido, y menos entender de tú existencia, ¿quién tiene ese derecho y esa capacidad?.
-Si encuentras a alguien merecedor de tú saber, te darás cuenta y tus canciones comprenderá.
-¿De alguien sabes?.
-Sí, de un árbol milenario, cuya sabieza es infinita, encuéntralo y háblale. Su mar es de arena, su cielo es azul celeste, ¡búscalo!. Parte ya, cuanto antes lo encuentres mejor –así lo hizo, marchó cabizbajo y dejo sobre su Princesita unas lágrimas de color rojo.
viernes, 30 de abril de 2010
El latido de un árbol (3er fragmento)
-No sigas, ven…- Nuestro joven buscador fue abrazado y besado por aquella mujer, medio ángel medio demonio. Sus cuerpos se encontraron y allí en el cementerio bajo la lluvia se amaron durante horas. Ni el agua fría ni el viento helado les molestó, sólo deseaban amarse sin más. –Nunca me iré de su lado, bella estrella, jamás partiré en busca de mi mismo, ni de mi soledad.
-Pero que dices cachorrillo, ¿no te oyes?. Estás blasfemando a tu religión, no seas uno, cree en tu Dios y en tu muerte, que la luna te guíe, que el viento te lleve y que la brisa te acaricie. Aquí morirás, pero no como tu quieres; morirás arrodillado y pidiendo perdón.
-¡No, eso jamás!, mis alas perder no puedo….
-Por eso bello joven, parte, aléjate de mí, piensa que yo te acompañaré y gozaremos de nuevo. Ahora vete y no hagas que llore más. Toma, ten estas palabras en tu mente y me tendrás por siempre:
Ama a todo lo que no
sea un hombre,
y te amarás a ti mismo.
Entonces ama a quién
sueñe contigo.
-Gracias por tan preciado regalo, en mi pecho lo grabaré con oro líquido. Adiós mi Dama Negra.
-Adiós mi bello muchacho, en mis entrañas te llevaré.- Se alejaba mientras la naturaleza creaba una bella melodía; miles de tambores, violines con agudas notas, con platillos dorados y campanillas plateadas que acompañaban los gritos desgarradores de trombones, oboes, clarinetes y demás instrumentos de aire, todo ello con la delicadeza del mejor compositor.
Lejos de aquel pueblo se sentó en una piedra, a un lado del camino que recorría y estos eran sus pensamientos: “-¿Qué busco?, ¿Qué deseo?, ¿qué miedo tengo?, ¿y la soledad?. Cuantas preguntas, yo salí en busca del ser más solitario. Me encuentro con gente desagradable, que me hunden aún más en un pozo oscuro. Solo aquella mujer me iluminó y significaba el derrumbamiento de mi castillo, la tala de mis alas, las respuestas en blanco a mis preguntas. Debo encontrar a alguien que me responda, alguien solitario que sepa que hacer. Que tormento en mi cabeza, un redoble de tambor oigo, sables atraviesan el cielo negro y se me clavan en las piernas, pero seguir debo, aun con las manos caminar. O con las sienes arrastrar mi cuerpo putrefacto. Ni la muerte me separará de la verdad buscada”. Estas eran las palabras que brotaban de su interior. ¿Quién podría estar más solo que él?. Estaba tan aburrido que incluso a unas piedras preguntó: “-¿Sois las piedras seres solitarios?.
-No, no- decían riendo- somos muchos y nos divertimos, jugamos y nos amamos.
-Que suerte la vuestra.
-No lo creas así -dijo una de color entre rojo y negro- no tenemos capacidad para sentir, al menos desde vuestro punto de vista, no pensamos, no conocemos la soledad, es lo único, tu debes preguntarte, tu deber es hallar respuestas y sentir cosas, cosas que nosotras no podremos sentir jamás. Ponte en pie y busca, pregunta al río. ¡Suerte amigo de las piedras!.
-Gracias hermosa gema, tu consejo seguiré.” Nuestro protagonista prosiguió su búsqueda, ahora tenía una tarea fácil, encontrar un río. El canto de los pájaros lo condujo hasta su pronto destino. Se oía a lo lejos una bella canción, era el río buscado el que entonaba esos versos al ritmo de una melodía triste, que solitaria grandeza encerraba aquella canción, de versos siguientes:
-Nacer, vivir y morir,
siempre, día tras día.
Mi rebeldía me apagan,
me cortan, me matan.
Sangro, oh si, sangro tanto
que mis llantos
no oigo, no oyen, no existen.
Para que nacer,
para que vivir
si luego deseo morir.
Llegó como flotando a la vera del río, o como el lo llamó Poeta Río, se inclinó y bebió de aquella fantástica agua y le dijo: “- Poeta Río, que bellas notas, que versos tan reales, cuanta soledad en tus entrañas. ¿Qué me puedes decir?, ¿Qué pregunta o qué respuesta?, ¿Qué canto o qué poema?. Dime.
-Oh afluente mío, no estoy solo, mientras tú existas, mientras mis cantos los oigan oídos puros. Sí, me acompañan piedras, peces, insectos, flores, rayos de sol y de luna, ¿qué más puedo pedir?.
-Cuanta verdad, tu canción es triste, ¿por qué?
-Quizás no sea feliz, quizás necesite que un dragón recorra mi ser, quizás necesite estar solo, ¿no crees?. No puedo estar en mejor compañía, pero necesito soledad.
-Yo puedo ofrecértela, estoy lleno de ella.
............................
-Pero que dices cachorrillo, ¿no te oyes?. Estás blasfemando a tu religión, no seas uno, cree en tu Dios y en tu muerte, que la luna te guíe, que el viento te lleve y que la brisa te acaricie. Aquí morirás, pero no como tu quieres; morirás arrodillado y pidiendo perdón.
-¡No, eso jamás!, mis alas perder no puedo….
-Por eso bello joven, parte, aléjate de mí, piensa que yo te acompañaré y gozaremos de nuevo. Ahora vete y no hagas que llore más. Toma, ten estas palabras en tu mente y me tendrás por siempre:
Ama a todo lo que no
sea un hombre,
y te amarás a ti mismo.
Entonces ama a quién
sueñe contigo.
-Gracias por tan preciado regalo, en mi pecho lo grabaré con oro líquido. Adiós mi Dama Negra.
-Adiós mi bello muchacho, en mis entrañas te llevaré.- Se alejaba mientras la naturaleza creaba una bella melodía; miles de tambores, violines con agudas notas, con platillos dorados y campanillas plateadas que acompañaban los gritos desgarradores de trombones, oboes, clarinetes y demás instrumentos de aire, todo ello con la delicadeza del mejor compositor.
Lejos de aquel pueblo se sentó en una piedra, a un lado del camino que recorría y estos eran sus pensamientos: “-¿Qué busco?, ¿Qué deseo?, ¿qué miedo tengo?, ¿y la soledad?. Cuantas preguntas, yo salí en busca del ser más solitario. Me encuentro con gente desagradable, que me hunden aún más en un pozo oscuro. Solo aquella mujer me iluminó y significaba el derrumbamiento de mi castillo, la tala de mis alas, las respuestas en blanco a mis preguntas. Debo encontrar a alguien que me responda, alguien solitario que sepa que hacer. Que tormento en mi cabeza, un redoble de tambor oigo, sables atraviesan el cielo negro y se me clavan en las piernas, pero seguir debo, aun con las manos caminar. O con las sienes arrastrar mi cuerpo putrefacto. Ni la muerte me separará de la verdad buscada”. Estas eran las palabras que brotaban de su interior. ¿Quién podría estar más solo que él?. Estaba tan aburrido que incluso a unas piedras preguntó: “-¿Sois las piedras seres solitarios?.
-No, no- decían riendo- somos muchos y nos divertimos, jugamos y nos amamos.
-Que suerte la vuestra.
-No lo creas así -dijo una de color entre rojo y negro- no tenemos capacidad para sentir, al menos desde vuestro punto de vista, no pensamos, no conocemos la soledad, es lo único, tu debes preguntarte, tu deber es hallar respuestas y sentir cosas, cosas que nosotras no podremos sentir jamás. Ponte en pie y busca, pregunta al río. ¡Suerte amigo de las piedras!.
-Gracias hermosa gema, tu consejo seguiré.” Nuestro protagonista prosiguió su búsqueda, ahora tenía una tarea fácil, encontrar un río. El canto de los pájaros lo condujo hasta su pronto destino. Se oía a lo lejos una bella canción, era el río buscado el que entonaba esos versos al ritmo de una melodía triste, que solitaria grandeza encerraba aquella canción, de versos siguientes:
-Nacer, vivir y morir,
siempre, día tras día.
Mi rebeldía me apagan,
me cortan, me matan.
Sangro, oh si, sangro tanto
que mis llantos
no oigo, no oyen, no existen.
Para que nacer,
para que vivir
si luego deseo morir.
Llegó como flotando a la vera del río, o como el lo llamó Poeta Río, se inclinó y bebió de aquella fantástica agua y le dijo: “- Poeta Río, que bellas notas, que versos tan reales, cuanta soledad en tus entrañas. ¿Qué me puedes decir?, ¿Qué pregunta o qué respuesta?, ¿Qué canto o qué poema?. Dime.
-Oh afluente mío, no estoy solo, mientras tú existas, mientras mis cantos los oigan oídos puros. Sí, me acompañan piedras, peces, insectos, flores, rayos de sol y de luna, ¿qué más puedo pedir?.
-Cuanta verdad, tu canción es triste, ¿por qué?
-Quizás no sea feliz, quizás necesite que un dragón recorra mi ser, quizás necesite estar solo, ¿no crees?. No puedo estar en mejor compañía, pero necesito soledad.
-Yo puedo ofrecértela, estoy lleno de ella.
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