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lunes, 3 de mayo de 2010

El latido de un árbol (4to fragmento)

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-¡Oh si, desnúdate y tírate al agua sin pensar!- así lo hizo, se arrancó la ropa, incluso se arañó sin darse cuenta, el río quería, deseaba sus heridas. Ábrete las venas y así el río beberá. Una vez desnudo se lanzó al agua, ¿fría, caliente?, que más da. Que bella dama serpenteante, grandísima princesa, alma llena de vida. El agua se encabritó, la corriente era fortísima, bajaban árboles caídos, piedras que parecían proyectiles, animales asustados; pero él no se movía, él era parte del caudal. De las profundidades una imagen femenina surgió; no había río sin mujercita y no existiría realeza sin río. Como un todo se reflejaban, como un ser vivo se movían. ¿Era él un príncipe? , parecía dominar los elementos naturales. Tenía los ojos cerrados y una leve sonrisa mezclada con una seriedad real y una serenidad extasiadota. Aquella especie de hada lo abrazaba y él lloraba. Él la besaba y ella se estremecía. Juntos se miraban y el cielo rugía. No era amor, quizás odio. No era compasión, quizás comprensión. No era un río y un ser humano, quizás solo dos seres vivos. –Dame tu sangre hombrecillo semidivino, deja que sacie mi sed. Que corra por mí tu calor y tu deseo, tu pena y tu valor, simplemente tú.
-Tómame, Hada divina, mátame si quieres, porqué no te siento, no gozo contigo, mi soledad te entrego pero no tomo nada de ti. Me es placentero tu contacto, me es extasiador pero no llena mis venas vacías. Quiero yo llenarte, nada a cambio pido, saciarte quiero, morir debo.
-¡No, jamás en mi lecho!. Sé como llenar tus venas, oh incrédulo amante- entonces la princesa se apartó de él, este quedó tumbado con los brazos extendidos y los ojos cerrados, flotaba como una hoja de árbol caída. De las entrañas del Poeta Río salía un humo, olas y olas de un denso humo, recorría el agua, era blanco y rojizo, a veces oscuro a veces claro. El oleaje se convirtió poco a poco en una cama, la Hada posó al joven sobre ella y con un gesto ceremonial la elevó al cielo. Un chorro de agua hacía de elevador, mientras que una cortina de agua envolvía aquel ascensor. Sus ojos se abrieron, yo volaba cerca de él, y sus ojos vi llorar y su rostro una sonrisa dibujar. Una brisa fría lo vestía, sentíase como un ave, cuanto placer. Nubes penetraban por sus poros, respiraba un aire tan puro que embotellarlo quería. Se olvidó de quién era, se olvidó de ser, de hacer y de pensar, preguntar no podía, ¿para qué? Si aquello era él. Gozaba él y gozaba ella, poco a poco descendía, sus regalos ya se habían entregado y aunque el placer se quiere eterno, no podía ser. Como si de un dios se tratara, descendió de los cielos, hasta de nuevo posarse al ahora tranquilo río. El Hada subió sobre el espeso humo como si fuera una jinete, por un instante el cielo prendió fuego, iluminó a ambos seres y luego las llamas fueron absorbidas por cada molécula allí presente. La serenidad reinaba, se oía una música, era como si la naturaleza hablara de nuevo. El silencio fue roto por la Princesa: -¿Qué te ha parecido mi sangre bello trovador?.
-Agradecértelo no sé, no puedo, dímelo tú.
-Hombrecillo, tú me has dado fuego, yo el mío, hemos disfrutado juntos ahora aléjate, sigue tu camino y olvídame, hasta que a alguien puedas explicárselo.
-¿Quién puede oír semejante historia?, no creo que halla nadie en este mundo capaz de entender lo que mis palabras cuenten y menos aún lo que yo he sentido, y menos entender de tú existencia, ¿quién tiene ese derecho y esa capacidad?.
-Si encuentras a alguien merecedor de tú saber, te darás cuenta y tus canciones comprenderá.
-¿De alguien sabes?.
-Sí, de un árbol milenario, cuya sabieza es infinita, encuéntralo y háblale. Su mar es de arena, su cielo es azul celeste, ¡búscalo!. Parte ya, cuanto antes lo encuentres mejor –así lo hizo, marchó cabizbajo y dejo sobre su Princesita unas lágrimas de color rojo.

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